“Muchas otras cosas hizo Jesús, que si se escribiesen una por una, creo que este mundo no podría contener los libros”. (Jn. 21,25)

Estas son las palabras con las que San Juan termina su Evangelio.

Si San Juan da a entender, con estas palabras, que Jesús hizo muchas cosas que no han quedado escritas en los Evangelios, y Jesús dijo: “Nadie, después de haber encendido una lámpara, la cubre con una vasija ni la pone debajo de la cama, sino que la coloca sobre el candelero para que los que entren vean. Pues nada hay oculto que no haya de descubrirse, ni secreto que no haya de conocerse y salir a la luz”. (Lc. 8, 16-17) No sería lógico que esos otros Hechos de Jesús, que no están escritos en los Evangelios, quedaran ocultos a los ojos de los hombres por los siglos de los siglos, ya que Dios es Luz.

Lo que sí es lógico, es que Dios le vaya revelando al hombre, a través de los profetas, todo lo que aún no está escrito, para que el hombre vaya recordando que Dios Hijo resucitó y todavía sigue Vivo, aunque muchos hombres, por desgracia, no quisieran que esto así fuese.

¿Por qué se extraña el hombre de que Dios pueda tener un profeta en el siglo XXI después de Cristo? ¡Siglos antes también los tuvo!

¡No es extraño, porque el hombre tampoco creyó en Jesucristo como Dios y como Profeta!

Es lógico que Dios le vaya revelando al hombre, a través de los profetas, todo lo que aún no está escrito

Díjole Judas, no el Iscariote: “Señor, ¿qué ha sucedido para que hayas de manifestarte a nosotros y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: Si alguno me ama, guardaré mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada. El que no ama, no guarda mis palabras; y la palabra que oís no es mía, sino del Padre, que me ha enviado. Os he dicho estas cosas mientras permanezco entre vosotros; pero el Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ese os lo enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho”. (Jn. 14, 22-26)

Dijo Jesús: “Cuando venga el Abogado, que yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio, porque desde el principio estáis conmigo”.(Jn. 15, 26-27)

“No se os oculte que delante de Dios un sólo día es como mil años, y mil años como un sólo día”. (II Epístola de S. Pedro 3,8)

Es razonable pensar que, Dios, cuando les habla a Los Apóstoles, les está hablando también al resto de los hombres. Y si analizamos los párrafos anteriores, nos daremos cuenta de que Dios dice, que si alguno lo ama, guardará sus palabras, y entonces el Padre y el Hijo bajarán y harán morada en esa persona. Pero bajarán en Espíritu, ya que los tres son una misma cosa: Dios. A ese Espíritu, Jesús le llama el Abogado.

Todo esto hace suponer que Jesús, con sus Palabras, estaba anunciando la posterior venida de su Espíritu al hombre, no sólo para vivir entre el hombre, sino para habitar, para morar muy especialmente en el hombre que de verdad lo amara y guardara sus palabras. ¡Por desgracia son muchos los llamados y pocos los Elegidos!

También es lógico pensar, que cuando Jesús dice: “El Abogado, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, ese os lo enseñará todo, y os traerá a la memoria todo lo que os he dicho”, se refiere a que a través de esos Elegidos en los que Dios hará morada, el Espíritu Santo nos revelará todo aquello que Dios no dijo cuando vivió de Hombre, y nos volverá a recordar todo lo que Dios ya ha revelado, ya que para Dios todo es presente, según podemos deducir por la II Epístola de S. Pedro 3,8, mencionada anteriormente.

Si tenemos en cuenta todos estos razonamientos aquí expuestos, analizamos la vida de Ana García de Cuenca y leemos sus escritos, ¿por qué no puede ser ella una persona Elegida, en la que Dios promete hacer morada?

No creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios, porque muchos seudoprofetas han salido (a escena) en el mundo. Podéis conocer el espíritu de Dios por esto: todo espíritu que confiese que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; pero todo espíritu que no confiese a Jesús, ése no es de Dios, es del anticristo”. (Epístola I de S. Juan 4, 1-2-3)

Ana García de Cuenca, no sólo confiesa que Jesucristo ha venido en Carne, sino mucho más, como podrán comprobar por sus libros.

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