1 2 3 4 5 sig.>

Fue una mañana de marzo de 1.954, cuando fui a la iglesia de los Padres de Gracia, y éstas fueron las primeras cosas sobrenaturales que me ocurrieron:

Estando de rodillas delante del “Rescatado”, vi cómo movía la boca.

Esto, creí que era mi vista, pero cuando lo hizo varias veces, creí que me estaba entrando una enfermedad de pulmón o angina de pecho.

Contaré mi sensación:

Noté como si me metieran aire en el pecho, con un dolor grandísimo, y a la vez mi sensación era ponerme muy alta, pero miraba a mi hermana y a una amiga que venía conmigo y me veía como ellas.

Estos síntomas eran para pensar en la muerte. Eran buenos y eran malos. Esto no sé escribirlo. De palabras sí me comprenderían.

Cuado me noté tan mal me salí a la calle, y allí se me fue pasando.

Dicen las que estaban conmigo, que se me puso la cara muy pálida y rara.

Cuando llegué a mi casa, me puse delante de un crucifijo que tengo y dije:

–Señor, que no me repita esto. ¡Le hago tanta falta a mi hijo y a mi marido! ¡Ahora que lo has puesto bueno! (Pues mi marido estuvo seis años enfermo en cama).

* * *

Estuve desde el 20 de marzo al 11 de abril oyendo muchos ruidos de aire, y a veces corrientes de agua con bastante fuerza.

Si estaba sola en el piso, oía pasos descalzos, y me entraba un susto muy grande, y el corazón quería salirse de palpitaciones. Cuando me paraba se iban los pasos.

Lo conté a la familia, y me aseguraban que era algo de sugestión. Yo no estaba conforme con esto que decían.

Querían que fuera al médico, pero yo me resistía y me ponía delante de mi crucifijo, pidiéndole que me quitara esto. Pero cada vez que lo hacía, los trastornos eran mayores. Y me decían en casa:

–¡No le pidas con tanta fe, que tú misma te pones mala!

* * *

El 11 de abril, serían las seis de la mañana, me desperté con un ruido y golpes en mi ventana, acompañados con chirrido de pájaros, pero en cantidad.

Llamé a mi marido para que oyera aquel ruido que era divino, y me dijo que lo oía.

Yo me lo creí. Pero cuando pasó un rato me dijo:

–¡Mira que para lo que has despertado! ¿Dónde están los pájaros? ¡Tú si que tienes pájaros en la cabeza!

Entonces empezó otra vez mi preocupación.

Cuando se fue y me quedé sola, me puse de rodillas mirando al cielo, pidiendo a Dios, que si era enfermedad, me la quitara, y si no, que todos oyeran y vieran lo que yo, pues veía que me miraban con recelo.

Vi una nube, como si unas manos la cogieran

No terminé de pedir esto, cuando vi una nube, como si unas manos la cogieran, y se formó una Cara Guapa de un Hombre de unos cincuenta y tantos años. El cielo estaba completamente raso, en azul, y la nube era blanca. Recé un Credo –que yo nunca lo rezaba, pues mi oración predilecta era la primera parte del Padre Nuestro y el Ave María. Santa María no tenía mucha costumbre. Esto lo veía corto y contentaba a la Madre y al Hijo–, y estuve viendo la Cara hasta que lo terminé.

Creí que era un Apóstol o un Viejecito que había muerto en Gracia de Dios, y que quería decirme algo.

Desde aquel día se me quitó el sufrimiento de que estuviera enferma.

Lo conté a los míos, y me dijeron que las nubes hacían dibujos, caras, animales e infinidad de cosas.

Tomé la decisión de no decir nada. Y ya, mi hermana, parece ser que me creyó algo, y me dijo:

–Bueno, cuéntame si te pasa algo más, pudiera ser que fuera un camino de Dios.

Voy a decir bien cómo era la Cara:

Ya digo: era de edad entre los cincuenta y sesenta. Tenía una melena completamente blanca y un rizado muy menudillo. Los pómulos muy señalados, pero no huesudos. Eran bonitos. Tenía una barba grande, blanca, con el labio inferior bastante grueso. Ojos grandes. Era una Cara guapa. Daba bondad y justicia.

En verdad, no lo conocí, pero le rezaba todos los días al Señor pidiéndole que me mandara al Viejecito y me comunicara con Él.

* * *

A los pocos días, una mañana, entraba de la calle a mi piso, y vi en un rincón, una maceta que tenía, envuelta en humo. Fui corriendo a buscar de dónde podría ser el humo, y vi que no tenía nada encendido. Volví a la maceta y empezó a verse bien la planta, hasta que el humo fue desapareciendo. Entonces comprendí que era cosa sobrenatural.

Aquella noche tuve el primer Sueño Profético:

Soñé lo mismo que había visto de día. Pero cuando fui a la maceta, vi en humo, o sea, como una nube, y de medio cuerpo, en volumen, vi al Padre y al Hijo. El Hijo me confirmó y me dijo:

Éste es Mi Padre. Éste es el todo Poderoso.

Y yo dije:

–¡Ésta es la cara que yo vi en el cielo!

Me dijo:

Justamente.

Y de momento desapareció y desperté.

Fue una alegría tan grande, que no se puede explicar.         

* * *

A los siete u ocho días, estaba yo mirando al cielo, cuando de pronto vi abrirse unas brechas grandísimas, y se veía otro cielo, del que salían unos humos de colores, como los del arco iris, con una rapidez y fuerza capaz de para un tren.

Se cerraron las brechas y quedó todo esto haciendo dibujos preciosos. Los humos hacen cintas, aureolas, como en esos letreros     que le ponen a la Virgen diciendo: “Gloria in escelsis Deo”.

Desde entonces no se quitan de mi vista. Si estoy en un sitio cerrado, los veo en chico. Y si estoy en la calle: grandísimos. O sea, que a mayor espacio, mayor dibujo.

En una de mis Revelaciones, me dijo que había dejado sus Huellas en flotación.

Esto es lo que ha habido algún teólogo que ha dicho que es imposible que siempre lo esté viendo; que no ha habido nadie en la historia que esté constantemente viendo cosas sobrenaturales.

Esto ya es mío: ¿Es que Dios tiene que hacer las cosas por serie?

* * *

Bueno, continuaré:

Un día, estando mirando al cielo, vi una bola de unos dos metros de grande. Tenía tres colores: verde, rojo y oro viejo.

Llamé a mi marido y a mi hijo para que vieran aquella grandeza, pero ellos no la veían.

Aquella noche vi en Sueño Profético lo mismo, pero la bola se abrió y apareció el Sagrado Corazón con unos rayos muy grandes. A pesar de que estaba lejos, su Voz la oía en el mismo oído, y me decía:

Esto es lo que has visto: el mundo y Yo.

1 2 3 4 5 sig.>

 

* * *